Yolanda: El placer de lo prohibido

fondo

Como todos los jueves del último mes, la esposa del cabo Vélez, se ducho y perfumo a conciencia y ahora de pie frente al espejo de su dormitorio deja caer al piso la toalla que la cubría, gira a la izquierda luego a la derecha recorriendo con la mirada su piel desnuda en busca de alguna imperfección. Debo decir que aparte de alguna diminuta estría resultado de sus cuatro embarazos su piel blanca es lisa y limpia como la mejor de las porcelanas.

Su anatomía propia de una de las gracias de Regnault

destila sensualidad por cada rincón. Bellos ojos de color marrón claro, su boquita de labios carnosos que ella tuerce algo hacia la derecha cuando está a punto del clímax, sus suaves y redondos senos salpicados por dos grandes gotas de chocolate y todo esto coronado por una espesa mata de vello negro sobre el pubis. Con lujuria desliza por sus torneadas piernas unas tenues medias de seda negra que abotona a un liguero de encaje que sutilmente envuelve su cintura, después de un mes de encuentros clandestinos arreglarse para su amante se ha convertido ya en un ritual, el que ella procura cumplir al pie de la letra.

Puntual, Darío el vecino de 17 años toca a la puerta, exacto a las 3 de la tarde. Con agilidad felina la candente señora se cubre con un enterizo negro transparente y baja las gradas hasta el primer piso, al llegar frente a la puerta para y comprueba si ha conseguido el efecto buscado, consistente en que el negro parche de su sexo resalte sobre todo lo demás. Contenta con su espectacular atuendo, tira del picaporte.

Darío entra precipitadamente apenas la puerta se abre, el miedo de ser descubierto lo había vuelto temeroso y algo paranoico, más desde que descubrió en el closet del marido una bolsa de lona con herramientas propias de un torturador, cubiertas de sangre.

Yolanda aprisiona al muchacho entre sus brazos y lo lleva hasta el enorme sofá de cuero negro que le sirve para recostar a quienes llegan buscando su buena mano para colocar inyecciones. Dos meses antes frente a ese mismo sofá el muchacho acomodaba su ropa después de recibir una inyección para la gripe, sin saber que la sexy enfermera lo “morboseaba” escondida tras el biombo que usa para separar ese sofá del resto de la sala, ella en realidad vio poco, tal vez fue solo su imaginación pero quedo convencida de haber visto una descomunal erección en la entrepierna del crío, convencimiento que le costó varias noches de insomnio.

Yolanda lo sienta de un empujón en el sofá, esperando un halago por su espectacular vestimenta, cosa que por la mente del muchacho ni siquiera pasa. Toda su capacidad mental está enfocada en una sola idea.

¿Que pasaría si el cachudo se entera de lo suyo con Yolanda?

Mientras la doña se contonea luciendo su redondo culo, el muchacho la mira pero la intranquilidad no le deja concentrarse en la faena que un cuerpo así exige. Imágenes de él atado y ensangrentado se superponen a las de la doña bajando el cierre de su pantalón y engullendo completo su pene. Pronto Yolanda menea con furia la verga de Darío mientras chupa el glande, con la otra mano frota y masajea sus huevos, pero el largo pedazo de carne se mantieneflácido.

Ella como buena amante no se rinde y chupa uno de sus bellos deditos y delicadamente lo introduce en el recto del chico, que de golpe vuelve a la realidad. Lejos de enojarse o algo parecido se encuentra excitado, emoción que se refleja en su ahora enorme y duro pene de 20 centímetros de largo por 4 centímetros y 3 líneas de diámetro. Excitada al límite ella se pone de pie frente a él y le coloca la rajita en la cara para que se la coma.

El crio resuelto a follarse a la diosa que tiene delante solo atina a pensar que si va a morir al menos que sea por algo que valga la pena, saca una navaja de su mochila y tirando de la tela sobre la zona vaginal de Yolanda corta un agujero, el filo pasa tan cerca del clítoris que Yolanda se estremece. Ahora libremente Darío lame y besa la jugosa vulva, mete la lengua, hace círculos rápidos sobre el duro clítoris. Dominando la situación el chico toma por la cintura a la señora y la hace sentar sobre su erecto pene que con extrema facilidad se hunde  entero en la chapoteante oquedad.

Pasados diez minutos cambian de posición ambos acostados de lado, el detrás, folla sin compasión mientras ella se retuerce de placer, gime y maldice, Darío saca su verga y se la da a chupar y los jugos vaginales le corren por las comisuras de la boca a la doña. Quien la viera en la calle jamás imaginaria que fuera tan puta en la cama.

El enterizo negro transparente ahora solo es un pedazo de tela hecho girones, Darío embiste a la doña que ahora en cuatro recibe tremenda paliza, la tela que le rodea la cintura le sirve a Darío como una especie de rienda, dándole control sobre Yolanda, ya que cada vez que quiere zafarse de la jodienda él tira y la culea con más fuerza.

La sesión de sexo lleva ya una hora y por el brío con el que Darío embiste a la pobre doña, al menos durara un par más.

Ahora la tiene de cara contra la pared, con brusquedad la sostiene por el pelo y su pelvis al chocar con el culo de Yolanda suena como cachetadas. Adolorida trata de salir de aquella posición de sometimiento pero él más fuerte la castiga aumentado la potencia de los embistes. Pasada otra hora y varios orgasmos la doña gime por una tregua pues la vagina no le da para más. Darío aun con hambre saca su tolete de la humeante chucha y lo frota en el ano de la pobrecita. Al sentir que sede un poco, empuja y va entrando lentamente hasta la mitad de su largo total. En segundos Darío ya está enculando a Yolanda que no se cree que el crio tenga tanta habilidad, puesto que casi no ha dolido y el placer recibido es enorme.

Dos horas cuarenta y cinco minutos después de iniciar la sesión Darío siempre sometiendo a la doña se haya cómodamente sentado sobre el pecho de esta meneándose la verga hasta que una gran cantidad de semen cubre los ojos, nariz y boca de Yolanda, con los dedos él empuja todo el contenido del lecherazo hacia la boca de ella que aguantando las náuseas se lo traga.

Rendidos se abrazan, él la besa, así se quedan un par de minutos tendidos en el sofá, creo intentando recuperar las fuerzas. No se dan cuenta pero se quedan dormidos.

Al despertar Darío se siente extraño como con la mitad del cuerpo adormecido, con dificultad abre un ojo y puede ver como la doña cuelga de un gancho de carnicero abierta en canal como una res, su belleza ahora se ha reducido a un montón de carne muerta, tiene varios agujeros de bala y le han cortado sus bellos seños.

El muchacho intenta incorporarse pero entonces nota que ya no tenía piernas y además que aún está atado a una mesa, mira hacia los lados y solo alcanza a ver una silueta con uniforme policial luego un certero golpe le destapa la cabeza regando sus sesos por el suelo.

Días más tarde, ambos serán reportados como desaparecidos, pero jamás se sabrá que les paso.

Ese es el precio de obtener el placer de lo prohibido.

                              FIN

 

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