El diario sexual de una rubia sexy.

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COMO UNA PUTA EN LA MARISCAL

¿Porque lo hago? Al principio creí que lo hacia por, venganza.
Ahora ya no estoy segura.

Hoy me arregle de una manera diferente… me siento linda, atractiva… poderosa.

La mujer que me mira desde el espejo es fuerte y decidida, llenita pero no gorda, una guerrera armada con una minifalda de casimir caoba, blusa sin mangas abotonada al frente, zapatos en juego con tacos de diez centímetros, una amazona de metro cincuenta y nueve, 86-62-107, 60 kilos, ojos verdes y cabello rubio oscuro.

Unas gotas de (nombre de su perfume ) y la armadura esta completa. Cerré muy bien la puerta de mi departamento en el sexto piso del Borghese Plaza, tiene un muy buen ascensor pero prefiero usar las escaleras, es bueno para mis piernas y en especial para mi derrier.

Subí a mi Chevrolet Sail blanco y salí con dirección a la Mariscal.

Deje mi carro en un estacionamiento, lo hubiera dejado en alguna calle por ahí pero me dio miedo pensar que me lo robaran.

Salí a pie hasta algún punto de la Colon y camine con paso sexy en dirección a la Seis de
Diciembre, mientras pensaba
—si me contoneo, así , super sexy alguna mirada atraeré—
—no debe importarme si es negro, blanco o verde, ni si tiene plata. Lo que en verdad importa es que sepa usar su pene y si no, que al menos la tenga larga o gruesa el resto lo haré yo—

Llegando a una esquina vi a un tipo muy parecido a Hugh Jackman en cholo.
Traía una mochila de lona verde en el hombro izquierdo y con la mano derecha se rascaba la barbilla mientras miraba la placa en la pared con las palabras REINA VICTORIA.

Fingí intentar cruzar la calle y no conseguirlo, el trafico de las cinco de la tarde, ayudo.

Di media vuelta y le pregunte.
– ¿Disculpe que hora tiene?
Al instante sentí como sus ojos recorrieron mi cuerpo de pies a cabeza y se posaron en mis pechos.
– Son las cinco y veinte – respondió. Su voz me resulto sexy pues era gruesa y varonil.
– Gracias – conteste con tono coqueto.
Ya tenia su atención, solo restaba lanzar el anzuelo.
– ¿A usted también lo dejaron plantado? pregunte esperando haber calculado bien mi movimiento.
– Si, así es quede con un amigo y no aparece, llegue de Ambato y aparte no conozco a nadie , no sea malita présteme su celular– dijo claramente perturbado por mi presencia.

Mientras el se quejaba yo lo miraba bien, espalda ancha y bastante fornido, piel canela y ojos verdes, dientes blancos pero no perfectos, para la primera vez estaba bien.
– Claro se lo presto, pero se me quedo en el carro, esta dos cuadritas de aquí –
 ¿Vamos? –
Mate.

El duda, mira hacia un lado y otro de la avenida. Le falta decisión.

Mi turno, muestro desinterés y hago como que ya me voy.
– Espere señorita, la acompaño… mi amigo no aparece –
Por cuatro cuadras el me contó su profesión, sus sueños y esperanzas, yo hice lo mismo que hacen los hombres cuando una les cuenta algo que a ellos no les interesa, asentir con la cabeza y sonreír de vez en cuando. Estuve a punto de arrepentirme, pero me auto convencí y una y otra vez me repetí
–tengo que hacerlo, tengo que hacerlo –
–tengo que hacerlo, es lo justo–
Lo siguiente que pensé es como seria su pene, largo, grueso y venoso o pequeño y terso, placentero u ofuscante.
Al llegar al estacionamiento el me cedió el paso y subí las gradas al segundo piso, pude sentir como miraba mis nalgas, pues tuve la misma sensación que experimento al darles la espalda a mis compañeros de trabajo.